Y estaban sus ojos frente a los míos, así como fusionando un par de destinos. En ese momento me atreví a preguntarle: ¿qué es esto que siento? ¿tu crees que aquellos que deciden casarse sientan la mitad de esto? Ella sonrió, y quitándole toda importancia a la pregunta: me besó. No fue un beso común. Fue uno de esos besos del alma que parten la linealidad del tiempo. En ese momento lo supe. Esta no era la única vida en la que la había besado, no era la primera, ni tampoco sería la última. En ese momento supe que yo era suyo y ella era mía, sin importar las circunstancias de cualquier vida. Nuestras almas estaban destinadas a estar una alrededor de la otra desde el mismo instante en el que fueron creadas. Porque no se elige a quien amar, sólo se ama y nadie lo puede explicar. Y a quién le interesa explicar, si por galaxias lejanas te puede llevar a viajar. Y entre vidas distintas siempre se van a encontrar.
Atemporal
Jesús Miramontes
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