Para ser sincero, ya hace tiempo que te habías convertido en nada más que un mero invento de mi cerebro, ya hace tiempo pensaba que no existías más que en mi cabeza. Me tomaré la libertad de agradecerte una cosa que aprendí contigo, algo básico y fundamental. Me parece impresionante como es que no depende de la frecuencia; no importa si pasan segundos o años, cada vez obtengo mi lección. No te agradezco que te hayas ofrecido a pasar por mi, gesto muy amable de tu parte. Tampoco es la alegria que me haces sentir con tus gestos tan únicos. No es la admiración mientras me cuentas tus tus responsabilidades y sueños. Tampoco es la confianza que transmites mientras me escuchas. Por supuesto que no es mi enojo con los que no te dejan dormir en paz. Al mismo tiempo tampoco puede ser la envidia que me da el no formar parte de tu familia. Sin dudarlo no es la tristeza que inunda mi corazón al saber que se va a acabar nuestro momento juntos. Contrastantemente, no es la felicidad que inunda mi corazón al sentir que está dónde pertenece. Y no, tampoco es el amor que hace que se aceleren mis latidos, ni ese 'no se que, que qué se yo' que hace que mis pupilas se dilaten para poder verte lo más y mejor posible. Nada de eso te agradezco en esta nota tan especial, porque hay un regalo incluso más grande que al estar contigo me das: lo que más te agradezco es que me recuerdes, en cada lección, que tengo la capacidad de sentir, la capacidad de amar, la capacidad de dejar de ser racional, la capacidad de verme en tus ojos y dejar de pertenecerme, la capacidad de formar parte de algo trascendental. Porque un mundo nace cuando dos se besan, pero esto ha ido más allá. Porque con él solo hecho de estar juntos, siento como si se creara el universo entero, en el cual puede haber una infinidad de mundos, mundos por explorar. Te estaré eternamente agradecido por ser quién eres, y por, con el simple hecho de existir, enseñarme lo que es sentir.
Gracias
Jesús Miramontes
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